La noticia viene en Bivouac. Y antes de que los puristas empiecen a decir que eso está bien, que es higiénico, que así se evita que se asuste la gente, que pueden morder o ladrar, etc, etc, aclaro que, si la pongo, no es evidentemente por el tema de si los perros pueden subir o no a los autobuses. La pongo porque una cosa es un motivo razonable y otra la razón por la que se hace: “no ofender a los musulmanes”.
El tema, como decía antes, no es el perro ni el autobús en sí, ni la combinación de ambos. El tema es que los musulmanes vienen a nuestros países con costumbres extrañas y ajenas a las nuestras. El tema es que, en vez de adaptarse, exigen que nosotros las cambiemos para no ofenderles. El tema es que nuestros políticos no tienen inconveniente en obligarnos a aceptar las suyas (y/o renunciar a las nuestras) a cambio de votos, dejándonos desprotegidos. Y además, si yo no quiero cambiar mis costumbres, o al menos no quiero por esa razón, una de dos: o me aguanto, o tengo que ser tachada de intolerante, o racista, o de todo a la vez. Y es un tema muy preocupante.
El testimonio, que leo en Bivouac, cuenta la anécdota de una persona que intentó subir al autobús con su perro en dos ocasiones. En la primera, el conductor le dijo que no podía subir porque había a bordo “una pasajera musulmana que podría ser perturbada por el perro”. Intentó protestar, pero le dieron con la puerta en las narices y el autobús se fue. Llegó un segundo autobús, pero esta vez, directamente, el conductor dijo que él era musulmán y no le permitió subir con el perro.
Dice el autor/a del artículo que, aunque los musulmanes consideran los perros impuros, y lo sabe, “el país no es musulmán, y la Sociedad de Transporte de Londres es un organismo laico”. Y agrega: “yo soy católico, pero no voy a pedir que se prohíba a los divorciados subirse a un autobús. No tengo ninguna intención de perturbar a nadie con mi perro, no dejaría nunca que se rozara con alguien que quiere evitarlo. Pero me opongo instintivamente a esta intolerancia rastrera bajo cubierta de piedad, cualquiera que sea su origen”.
El origen de esta discriminación no es el corán, sino los hádices. (Aclaro: los hádices son hechos o dichos de Mahoma recogidos por otras personas que se consideran fuentes fidedignas). Citan dos. En el primero, Gabriel prometió al profeta que iría a visitarle, pero no fue, y más tarde le dijo que los ángeles no entran en una casa en la que haya una imagen o un perro. En el segundo, un tal Abdullah dice que “alá ha ordenado matar los perros”.
Pues ya podemos irnos preparando.

